| Leyenda
3: La Leyenda de los flamencos de Epecuén "El
Reino Perdido" - Por Daniel Herner
Cuenta la historia, que existió en
el oeste bonaerense, una basta comarca que se destacaba por
la gran exuberancia y la fuerza con que la naturaleza se había
desplegado: praderas inmensas de pastizales aterciopelados,
suaves médanos de arenas tibias, arroyos mansos y una
gran cantidad de lagunas, siempre concurridas por animales
de varias especies. Era realmente un oasis perdido en el desierto
pampeano. Los aborígenes la habían bautizado
como la llave del desierto; y la belleza principal, emanaba
de la laguna de aguas muy saturadas en minerales, rodeada
de colinas gredosas, asentamiento de millares de flamencos.
Se habían reproducido de tal manera, que un día,
dada la importancia que habían adquirido, decidieron
crear el reino de las aves y construir su capital en esta
laguna, pues su belleza había superado los límites
del continente.
Era Epecuén, desde tiempos lejanos, una laguna privilegiada.
Infinidad de leyendas se abrigaban en ella a lo largo de la
historia. Los araucanos la veneraban y la respetaban. El blanco,
luego de la conquista, instaló allí un pueblo:
Carhué, lugar verde, según el lenguaje indígena,
que con el tiempo se transformó en una floreciente
ciudad, gracias al turismo que desde principio del siglo XX
visitó la región, a entregarse al milagro curativo
de las aguas de la laguna. Años después, y a
pocos kilómetros del pueblo se fue formando una pequeña
villa turística, Epecuén, que con sus sesenta
y pico de hoteles, se transformó en la feliz mediterránea.
Era el imperio de distensión, la alegría y la
salud.
Epecuén era el último eslabón de las
lagunas que integraban la cuenca de las encadenadas, y aguas
arriba, la situación no era tan pacífica. Alertados
por el rumor de la creación del reino, las demás
aves sintieron envidia de no ser ellos sede de la capital,
por lo que llamaron a una asamblea. Miles de aves volaron
hacia las sierras de la región, donde en un monte cerrado
se llevó a cabo una convención, en la que luego
de discusiones y peleas, se decidió declarar la guerra
de los flamencos. Se optó por pedir ayuda a las nutrias,
para la construcción de represas y canales, a fin de
desviar el agua de las sierras de la ventana hacia Epecuén,
y así inundar el paraíso.
Corría la década del setenta, y las encadenadas
del oeste amenazaban con secarse, por lo que peligraba la
mina de oro: el turismo termal.
Luego de varios traslados, se logró desviar las aguas
del sistema serrano bonaerense. Varias máquinas trabajaron
durante meses, y por fin las aguas comenzaron a crecer. Pero
no se pensó en cerrar la canilla, y una a una, las
lagunas se fueron llenando, y sigilosamente, el agua comenzó
a acercarse a las poblaciones y a relamerse las fauces. La
pequeña Villa Epecuén quedó protegida
tras un terraplén, pero la felicidad seguía
en pie.
Las nutrias, sobornadas con pescados de todo tipo y tamaño
por las demás aves, siguieron firmes con sus canales,
y el agua entrando en la cuenca.
El 10 de noviembre de 1985, el terraplén se rompió
y las aguas hambrientas devoraron la villa, sus hoteles, sus
casas, sus calles, las historias y una vida casi centenaria.
Como un rompecabezas, y a base de picos, palas y botes, los
pobladores desarmaron sus recuerdos, pero no pudieron llevarse
todo. Les quedó bajo las aguas la felicidad, y nunca
más se los vio sonreír. Habían muerto
en vida. Los flamencos no comprendían que pasaba. El
agua subía y subía cubriendo sus nidos, sus
pichones, sus huevos, sus atardeceres. Nerviosos, caminaban
en el agua, sumergiendo su cabeza, intentando rescatar a sus
hijos, aunque sea para llevarlos a un lugar seguro. Pero el
agua todo lo cubrió, implacable asesina.
Cuando las demás aves se dieron cuenta del desastre
que habían causado, destruyendo los hogares de sus
hermanas, y haciendo desaparecer uno de los más bellos
escenarios de la tierra, ya era demasiado tarde.
Como símbolo de arrepentimiento, decidieron solidarizarse
mudándose todas a Epecuén, a instalarse definitivamente.
Patos negros, gasas, cisnes, y decenas de especies más,
nadan hoy pacientemente en las aguas de la laguna.
Los habitantes de la villa aprendieron de las aves, y como
Fénix, hicieron renacer la pequeña villa en
el seno de la ciudad de Carhué. De a poco, comenzó
a revivir en sus corazones el fervor, la alegría y
las ganas de crecer y brindarse al que viene a curar sus dolencias
convencido de la bondad de las aguas milagrosas de Epecuén.
Los carhuenses, sabios seguidores de sus ancestros, los soldados
de Levalle, el fundador de Carhué, pusieron tenacidad
y la fe que faltaban.
Pero los flamencos, entristecidos, apagados y solitarios,
siguen, sin resignación, buscando a sus pichones. Apenas
el sol asoma en el horizonte, es común verlos caminando,
pacientemente, con la cabeza sumergida en el agua, tratando
de localizar sus nidos perdidos. |